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"La televisión ha hecho maravillas por mi cultura.
En cuanto alguien enciende la televisión, me retiro y leo un buen tebeo".

(Groucho Marx, de niño)


viernes, 23 de diciembre de 2016

Diario de un fantasma, de Nicolas De Crécy

Hace unos días, en una de esas mañanas de sábado cenizas típicas de Iruña, fui a echar un rato al sancta santorum del cómic, es decir, a TBO. Mientras charlaba con Rosa, eché un vistazo a los estantes en busca de algún título que llamase mi atención. La verdad es que estoy algo plomizo últimamente y me cuesta decidirme. Finalmente, me decanté por una obra de Nicolas de Crécy titulada Diario de un fantasma (Ponent Mon, 2007). Al abrirlo, en ese momento previo y decisivo en el que te decides a adquirir un cómic o a devolverlo al estante, me llamó la atención su dibujo, muy expresivo y abocetado, y quizá por ello o quizá porque parte de la historia transcurre en Japón, en Nagoya y aledaños concretamente, decidí comprarlo. Lo cierto es que fue un impulso inconsciente y consumista, una especie de catarsis existencial, pero a veces los impulsos deparan gratos descubrimientos, y este lo ha sido, aunque la historia es rara de cojones.
Para empezar, su protagonista, o al menos el de parte de ella, es un proyecto de diseño de la mascota de la candidatura olímpica de París 2016. Sí, los mismos Juegos que el "cofi güit milk in de Plaza Mayor". Así, como suena de raro. A estas alturas ya sabemos que las olimpiadas han sido en Río de Janeiro y que al empacho deportivo, con algunos momentos gloriosos de tarde de bocata y cerveza en el sofá mientras los atletas se parten el espinazo, algunos literalmente, lo representó un bicho raro y amarillo con forma de felino, que se parece al primo poligonero emporrado de Hello Kity.
Como digo, el hilo conductor es el boceto de diseño de la mascota olímpica que comienza a adquirir forma en Japón, a donde viaja junto con su mánager, un francés de aspecto sucio y mezquino, un tipo impresentable e impertinente a más no poder. La idea es que el boceto se inspire y alimente del grafismo que desborda todos los aspectos de la vida en Japón, un país, una cultura en la que la propia palabra, en forma de pictograma, posee un diseño bello. De la mano de este particular protagonista que busca su propia identidad gráfica, y de su desagradable manager, que aprovecha el trabajo para correrse la gran juerga nipona persiguiendo jovencitas vestidas con jersey ajustado, minifalda ceñida y botas altas de cuero, nos adentramos en un relato en el que realidad y evocación se dan la mano llegando a confundirse. Gracias a la amabilidad de la hermosa señorita Sakura, contacto local de una agencia gráfica, su marido Boris, un francés que ejerce de fingido sacerdote, y a la disposición del señor Tanaka (un bonzo) y de su esposa, el proyecto o boceto adquiere conciencia de una realidad superior, a través de la hija fallecida del matrimonio Tanaka, que le alimentará en su particular búsqueda. Esto constituye en esencia la primera parte de la obra, en la que se nos adentra en la cultura japonesa a través de la intimidad y cotidianeidad de unos personajes cuya cortesía y protocolo se ven alterados por el proyecto o boceto y por su manager, soez a más no poder. 
La segunda parte de la obra tiene lugar en el viaje de regreso a Francia en avión aunque se desarrolla realmente en Recife, Brasil (¿premonición olímpica?), a través de los recuerdos de un tipo, compañero de asiento del boceto, que dice formar parte de la "policía secreta del grafismo" encargada de vigilar y contener a ciertos individuos que se salen de madre. En realidad, juraría que se trata de un alter ego del propio De Crécy, a través de cuyo relato, de la capacidad creativa y gráfica del propio boceto protagonista y del efecto entre adormecedor y agobiante de la nogalina, se narra un relato en el que el autor de la obra nos habla de sus fobias, entre ellas volar, y sus miedos y retos profesionales y vitales. Así, cuenta su viaje a Brasil para realizar un trabajo gráfico para una revista de turismo, que finalmente acaba convirtiéndose en una búsqueda personal de su propia identidad como autor gráfico. De esta forma, tanto el boceto como el autor se encuentran inmersos en un viaje de autoconocimiento o autoayuda con el diseño gráfico como telón de fondo. Como digo, una historia rara de cojones.
Pero es precisamente esta rareza argumental, que serviría para dormir al más valiente, donde radica el interés de la historia, que no es sino uno de los más sinceros testimonios vitales de un creador de historietas acerca de su trabajo y del sentido último de sus dibujos y sobre el propio sentido vital que para él tiene el hecho de dibujar: "la cosa más natural, la más evidente y la más excitante de su propia existencia".
Esta historia presenta, pues, varios planos interpretativos, en los que la parte gráfica, el dibujo mismo, es uno de los más importantes y donde De Crécy se confirma como un autor de gran talento. Sus dibujos, con su apariencia de bosquejos inacabados o realizados con cierta desgana, son de una expresividad y de un dinamismo magnífico, y en ellos abandona conscientemente la precisión de un dibujo más acabado, del que es plenamente capaz, para contar una historia de búsqueda de identidad gráfica a través de un dibujo que, en sí, parece buscar su propia identidad como tal. Lo de menos es, pues, la historia, el relato. Lo interesante aquí es la forma como se dibuja el relato y cómo se expresa gráficamente dicho relato. E importa igualmente, o deber valorarse de un modo especial en mi opinión, la reflexión del autor acerca de su propia existencia como creador. 
Quien quiera una historia al uso, del tipo "introducción, nudo y desenlace", esta no es su historia. Porque, lo repito una vez más, esta historia es rara de cojones y exige, de veras, echarle ganas ya que hay en ella una complejidad propia de una encíclica papal, que como todo el mundo sabe, se escriben yendo hasta las cejas de peyote. Pero si se hace ese esfuerzo, que en serio es grande, se accede a un relato de una enorme poesía y belleza. A veces no está de más dedicarle algo de tiempo a obras sesudas aunque solo sea para fardar de que las has leído.
Lo dicho, y ya me repito más que el ajo, una historia rara de cojones pero que merece la pena leerse o al menos, verse.

Aquí van, como de costumbre, unas páginas de la obra.

A todo esto... a pasar unos buenos días y cuidado con las malas digestiones que de cenas buenas, están las sepulturas llenas.












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