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"La televisión ha hecho maravillas por mi cultura.
En cuanto alguien enciende la televisión, me retiro y leo un buen tebeo".

(Groucho Marx, de niño)


lunes, 5 de diciembre de 2016

Pasqual Ferry: la ruta hacia lo irreal

Vamos a aprovechar que estoy de fiesta para retomar el blog. Y voy a hacerlo con uno de mis autores favoritos. Se trata de Pasqual Ferry, autor barcelonés que a día de hoy no necesita presentación por ser uno de los dibujantes de cómics más reputados a nivel internacional. Como muchas de las cosas buenas que te acompañan a lo largo de la vida, mi contacto con su obra se produjo en mi infancia, a través de un número de la revista Más madera! que compré en un kiosko de Salou para echar la tarde mientras mis primos se hacían aguadillas en el agua. El número de marras estaba dedicado a las tribus urbanas y entre sus páginas encontré una historieta de "Los decadentes", firmada por un tal Pasqual Ferry que no me sonaba de nada porque mi Olimpo entonces pertenecía a Ibáñez, Escobar y Jan. Así que ahí quedó la cosa, en apenas un flirteo... vamos, ni eso.
Fue mucho después cuando reparé de nuevo en el trabajo de Ferry. Me encontraba entonces, hablo de hace unos seis o siete años, en una especie de vacío existencial, más laboral que personal, y necesitaba algo diferente, saturado como estaba de manga (aunque nunca renegaré a él) y reacio a adentrarme en el universo de los superhéroes (del que tampoco he renegado finalmente). Buscaba algo de autor, no sé, distinto, más personal. Y fue entonces cuando reparé en una historieta, amontonada entre ejemplares huérfanos de cómics olvidados en un puesto de librero en Santa Pola. El tomo de saldo reclamó mi atención. Apenas dos euros de nada, y esa portada sin embargo bien valía veinte... y el título cien: Crepúsculo (Toutain Editor, 1989).
Devoré el tomo, me zambullí en aquella historia mágica, siniestra, oscura como pocas... gótica en el sentido más literal del término. Páginas oscuras para una historia oscura. Una ciudad maldita, Octubre, que precede a Sin City y que bien merece formar parte de la geografía urbana de lo maldito junto a Gotham. Comentar cualquier aspecto del argumento de la historia privaría al lector novel del deleite que supone adentrarse en ella. Sólo diré que todo gira en torno a los "Hombres del Crepúsculo" y a su terrible poder, "secta presuntamente milenaria" cuyo objetivo es el desarrollo máximo de las capacidades mentales. Tras ellos o con ellos, deambulan un escritor fracasado, un detective y la sombra de la muerte.
Parece ser que Crepúsculo iba a formar una trilogía si bien el proyecto se quedó en este número. Como es lógico, tras semejante historia y, sobre todo, tras tan alucinante estilo gráfico, me interesé por el autor, ahora sí, Pasqual Ferry, del que adquirí dos obras más: Nociones de realidad. Sebastian Gorza" (Toutain Editor, 1991) y La Ruta de la Medusa (Glenat, 1994). Qué decir sobre estos dos títulos. De nuevo aluciné con ellos. Ferry nos adentra en un mundo personal de sueños, recuerdos, pesadillas, donde lo real se funde con la imaginación o con lo irreal, azotando a sus personajes hasta el extremo de su propia existencia. De las tres historias que he mencionado, quizá la mejor sea la última, de la que el autor llegó a esbozar una secuela que presentó en el tomo Octubre (Astiberri, 2003) prologado ni más ni menos que por Miguelanxo Prado.  En dicho tomo se compendiaron las tres historias más la secuela referida, Gaunt, de la que Ferry tenía ya esbozadas 46 páginas. La miel en los labios...
En La Ruta de la Medusa Ferry logra crear su propia mitología en torno a una historia de connotaciones artúricas en la eterna pugna del Bien contra el Mal, donde Robert Zimmermann es invitado a tomar una píldora que abre los ojos a una nueva realidad, mucho antes que Neo decidiera salir de su cueva en busca del conejo blanco: "Cada 500 años, de la unión de los opuestos, de la unión de dos almas atormentadas, surgirá el Graal. El hijo de la Paz".
Desde que conozco su obra, incluidos algunos trabajos personales como Mr. Bulb así como otros más comerciales, aunque no por ello menos buenos, como Ultimate Iron Man, Pasqual Ferry se me ha confirmado como un autor de oficio, artesano del cómic, en cuyos trabajos, sobre todo en los que comento, se ve el esfuerzo por finalizar una viñeta o un personaje, donde la tinta se mezcla con el lápiz, el pincel rebasa sutilmente el límite determinado y engorda el trazo, y se advierte la cuchilla con la que se ha perfilado una trama. Me imagino realmente a Ferry encorvado sobre la hoja que moldea a su gusto, con el deleite y la responsabilidad que requiere la maestría de su grafismo. No sé qué más decir ni cómo expresarlo mejor. La búsqueda de estas obras de Ferry, de estos incunables del cómic, bien merece adentrarse por sórdidas y oscuras calles, por laberintos de callejuelas habitadas por alimañas que, en el peor de los casos, se abalanzarán sobre nosotros para sumirnos en una siniestra pesadilla. Yo de momento me quedo en Octubre hasta que el crepúsculo oscurezca la vieja Iruña.








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