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"La televisión ha hecho maravillas por mi cultura.
En cuanto alguien enciende la televisión, me retiro y leo un buen tebeo".

(Groucho Marx, de niño)


jueves, 25 de mayo de 2017

Jan Karski, el hombre que descubrió el Holocausto

Reconozco que lo primero que me impacto de esta historia fue la portada: un hombre bien vestido, con traje y gabardina, de frente, y sobre él la imagen de varios judíos que observan tras la valla de un campo de concentración.
El Holocausto judío siempre me ha impresionado, y no sólo por la muerte de cientos de miles de inocentes sino sobre todo por la organizada maquinaria de terror y muerte que lo causó. Una perfecta cadena de mando y de ejecución que hiela la sangre, y que lamentablemente se ha repetido y se repite en muchas partes del mundo.
La historia de Jan Karski. El hombre que descubrió el Holocausto (Norma Editorial, 2015), es un relato bien llevado sobre un personaje que transita desde la comodidad de la buena sociedad polaca y del orgullo de servir a la patria contra los nazis, hasta la deshumanización de la guerra, de un país acosado por la rapiña de dos ejércitos enemigos, el ruso y el alemán, la desintegración del ejército polaco y la lucha partisana. Es un relato de superación, de permanente huida, de arrestos y torturas, de violencia, de amistad y de amor. Y sobre todo, es el relato de un hombre que puso en evidencia la existencia de los campos de concentración, donde al hombre y a la mujer se les privó de toda humanidad y se les arrojó a la muerte, bajo la infamia del lema "Arbeit macht frei" ("El trabajo os hará libres").
El guionista Marco Rizzo y el dibujante Lelio Bonaccorso realizan en esta historia un verdadero trabajo de memoria histórica sobre un personaje que vivió unos hechos trágicos e informó en 1943 a Churchill y a Roosvelt del Holocausto, pese a que muchos no le creyeron. No sería hasta la entrada de los aliados en los campos de concentración cuando se daría crédito al relato.
Los horrores vividos por este partisano, que logró escapar de un gulag y del gueto de Varsovia, sufrió las torturas de las SS y presenció los horrores de la Shoah (Holocausto), son sobrecogedores. Jan "Karski" Kozielewski, que se hizo pasar por un tiempo en la clandestinidad como Witold Kucharski, tras escapar del horror se instaló en América y publicó en 1944 Courier from Poland: The Story of a Secret State, donde narró sus peripecias por Europa. Fue profesor en la Universidad de Georgetown, pero su testimonio se divulgó por todo el mundo en 1985 en un documental de Claude Lanzmann sobre la Shoah. Jan falleció en 2000 y en 2014 se celebró en todo el mundo el centenario de su nacimiento. Karski publicó dos diarios, el mencionado Story of a Secret State, publicado en 2011 por la editorial Acantilado, y otro inédito en castellano, que en italiano se titula Il testimone inascoltato.



Infiltrado con uniforme alemán, Jan ingresó en el campo de concentración de Lublin, más conocido como Majdanek, en Polonia, y tuvo ocasión de presenciar lo que allí sucedía. Su relato, del que tomo unas frases, es devastador:

"Las personas habían alcanzado allí un estado de total deshumanización... El caos, la desolación, la monstruosidad de la situación eran sencillamente inenarrables... Esos vagones iban llenos de carne humana hasta reventar. En el campo, mientras tanto, se mezclaban los gritos, los lamentos, las detonaciones y las órdenes furiosas. Y todavía había más. El fondo de los vagones estaba cubierto de polvo blanco. Se trataba de cal viva..."

Cuesta seguir leyendo.

Rizzo y Bonaccorso no se deleitan en el horror sino en el hilo de la narración, bien llevada y tratada con respeto a la memoria del relato, poniendo el acento en hechos y personajes determinados, pero siempre con un pudor exento de morbo, que no esconde en muchos casos situaciones de una explícita y evidente violencia. En el aspecto gráfico, el trabajo de Bonaccorso está muy logrado, con verdaderos alardes técnicos en el dibujo y en el color. Hay algún otro trabajo destacado sobre el tema. Cabe mencionar Prisionero en Mauthausen (2011), de Javier Cosnava y Toni Carbos, que narra el drama en este campo del republicano español, ficticio, Joan Placambó. Y, sin duda, la gran obra Maus, de Art Spiegelman, donde se narra la historia de otro superviviente judío polaco al Holocausto.
Sorprende que haya personas que aún a día de hoy cuestionen el Holocausto y sorprende comprobar que sigue latiendo en diferentes partes del mundo un impulso de nostalgia y aprecio por el Führer y su obra. Una buena muestra de ello es el libro superventas Ha vuelto, de Timur Vermes, que contó con una versión fílmica estrenada en 2015 y dirigida por David Wnendt. La idea es que Hitler, interpretado magníficamente en la cinta por Oliver Masucci, resucita en pleno siglo XXI generando una enorme controversia entre la población alemana, una parte de la cual se muestra partidaria de darle su apoyo. Lo terrible del tema es que, como hiciera Sacha Baron Cohen en Borat, hay escenas filmadas realmente con gente de la calle, a modo de documental, en las que se aprecia que hay una parte de la sociedad alemana que añora al tirano y su obra. El actor que encarga al personaje flipó con esto. La política internacional demuestra el ascenso de grupos de extrema derecha y neonazis al poder jaleados por fervientes seguidores. Lejos de superarse, el problema sigue presente.




Por ello es tan interesante el recuerdo de estos héroes que sobrevivieron al Holocausto y que narraron sus horrores. Es importante tomar conciencia de lo sucedido para, al menos, conocer sus consecuencias. Para que luego a nadie le sorprenda que la xenofobia engendra violencia y que la violencia provoca muertes.



jueves, 4 de mayo de 2017

El Perdón y la Furia, de Altarriba y Keko

Llevo tiempo leyendo cómics de lo más variado. Hace años era de costumbres fijas y rara vez me salía del redil. Sin embargo, ahora estoy abierto a todo o a casi todo. Y especialmente me llama la atención la novela gráfica, a poder ser la que tiene una carga de intriga o de misterio. Por eso, cuando vi en TBO un ejemplar de El Perdón y la Furia (2017), de Altarriba y Keko, no pude dejarlo escapar.
Debo reconocer que esta historia tiene para mí el aliciente de la Historia del Arte, ya que gira en torno a la obra de José de Ribera, uno de los grandes maestros de la pintura barroca, o mejor aún, en torno a cuatro pinturas suyas dedicadas a cuatro mártires paganos, Sísifo, Ixión, Tántalo y Ticio, que fueron encargadas al artista en 1632 por el virrey de Nápoles, Manuel Acevedo y Zúñiga, el Manu, y a la obsesión por ellas, por su misterio, de Osvaldo González Sanmartín, profesor de la Universidad de Salamanca.
La cuestión es que el tal Osvaldo, obsesionado por recuperar las pinturas de Ribera, por pintarlas de nuevo, dos de ellas desaparecidas, y por el misterio en ellas encerrado, un poco a lo Dan Brown, llegará hasta las últimas consecuencias, incluido el asesinato.
Esta es la segunda publicación editada por el Museo del Prado, realizada con motivo de la exposición "Ribera. El Maestro del dibujo", que pudo verse hasta el pasado 19 de febrero. La primera fue El tríptico de los encantados, de Max, al hilo de la exposición sobre El Bosco. No es mala esta iniciativa, sin duda.
En esta historia de Altarriba y Keko se logra una particular simbiosis entre el argumento, el estilo gráfico y la propia obra de Ribera, claroscurista y tenebrista. Osvaldo acaba obsesionándonos con su obsesión, y en ello tiene mucho que ver el agobiante ambiente en el que se mueve, su estudio, en el que incluso llega a reproducir un belvedere riberesco. Las teorías académicas sobre las pinturas de Ribera, su relación con el Iluminismo y con ciencias ocultas, incluso la rivalidad entre docentes del claustro universitario, para quienes la discrepancia sobre los mínimos detalles de estilo del artista son causus belli, tienen cabida en esta buena y recomendable historia.
Al final la búsqueda, como todas, tendrá su precio.
 
 
 
 
 


 
 
 

 

domingo, 19 de febrero de 2017

Brian Azzarello y Richard Corben: superhéroes, héroes y antihéroes

Hace años, cuando iba al colegio, uno del Opus en el que casi me fríen el cerebro a base de tontadas, aunque también aprendí alguna otra cosa buena, conocí a un compañero, grande como un oso pardo, al que le encantaban los cómics de superhéroes. Más de uno se reía de él pero yo, lógicamente, me acerqué a él con interés ya que compartíamos una afición común. Siempre me han hecho gracia esos tipos  que consideran los cómics como “cosa de niños” pero que alucinan con la serie The walking death o con la última película de Los Vengadores (porque sale la Johanson) y te hablan desde la madurez de quien consume productos televisivos para adultos. Hay que ser gilipollas.
Pues algo de eso nos pasaba a nosotros, cuando siendo niños leíamos cosas de niños y los demás niños, que flipaban con la serie V nos miraban con condescendencia.
Recuerdo que una vez me enseñó un ejemplar que le había costado ¡¡¡2.000 pesetas!!! Me quedé ojoplático ya que lo que más me había gastado en un TBO eran 150 pesetas o 200 a los sumo, y siempre hablando de revistas tipo Mortadelo, Zipi y Zape, Super López o la Penthouse. Eso de gastar en un cómic toda la paga de dos meses me parecía excesivo. Yo me dije que nunca me gastaría aquella suma en un sólo cómic con lo que evidentemente estaba  mintiendo. La cuestión es que entonces me declaré contrario a los cómics de superhéroes. A mí me bastaba con Superlópez y con Pafman. Sólo he sentido cierta simpatía por Batman, quizá porque carece de poderes especiales o quizá porque me flipan el batmóvil y Catwoman - la verdad que no puedo quitarme de la cabeza a Michelle Pfeiffer como Catwoman-. Yo fui uno de los que alucinó con la película de Tim Burton, con Kim Basinger, con la canción de Prince y con el Joker. Seguramente no será la mejor película de Batman, pero yo flipé con palomitas. 
Pues bien, este declarado “no lector de cómics de superhéroes”, bocachancla donde los haya, se tiene que comer sus palabras y claudicar ante la evidencia de que los superhéroes molan... Ahora bien, ha sido necesario pasar por el filtro de Alan Moore o de Brian Azzarello para darme cuenta de ello. Y es que los superhéroes que me gustan son los de Watchmen o los que, con guión de Azzarello, ha dibujado el particular Richard Corben.
Vamos ya al grano. La pareja Azzarello -  Corben son palabras mayores. Estos dos han dado al cómic un punto de vista tan renovador y atrevido que el superhéroe al uso, con mallas de licra y antifaz, se queda pequeño. Y es que sus versiones de Hulk, Cage o de Hellblazer son para quitar el hipo. Bueno, vale, Hellblazer no es un superhéroe, pero encaja aquí de maravilla.
Por un lado, Azzarello propone en las historias una perspectiva oscura y siniestra, como de noche de borrachera por malas calles, en la que los personajes, todos ellos, tienen un lado oscuro y un reverso todavía más tenebroso. Hay una siniestra psicología subyacente en todos ellos, como una especie de historia pasada chunga. Es más, en ocasiones, apetece salirse de la trama principal y sumergirse en la evocación de unas vidas que, aunque no son narradas, están ahí. De este modo, logra transmitirnos el drama de los personajes y hace nuestra su carga a través del relato. Cuesta muy poco conectar con ellos y en apenas unas viñetas nos ponemos del lado de la madre que quiere vengar a su hijita asesinada y que para ello contrata, por 200 míseros dólares, los servicios de Cage, a quien localiza en un bar cutre de lucecitas. ¿Quién, tras esta introducción, tras esta presentación del lugar y de los personajes, puede parar de leer? Lo mismo sucede con Constantine, que nunca me ha caído del todo bien, al que sumerge en la opresiva atmósfera de una cárcel, jungla salvaje en la que conviven alimañas que se despedazan a la mínima. Apenas dos páginas y se le encoje a uno el estómago. Y qué decir del drama vivido por Banner, sometido a su doble y aterradora personalidad, de la que quiere huir a toda costa.
Nadie mejor que Richar Corben para ilustrar esa particular atmósfera de pesadilla. Bueno, algún otro habrá, pero él es uno de los más idóneos. Recuerdo que de Corben lo primero que leí fue el relato “El hombre retorcido”, de Hellboy, que me parece una de las mejores historias de toda la saga del chico del infierno. A partir de ahí, me he ido haciendo cada vez más fan y he ido agenciándome buena parte de su obra. De Corben yo no destacaría su dibujo -porque hacerlo es algo evidente- sino la capacidad que tiene éste de ser preciso en cada momento. Es decir, que cada escena, cada viñeta, cada plano puede dibujarse de otro modo, pero no mejor. Corben acierta en todo momento y muestra lo narrado con total precisión, de manera que nada es casual ni gratuito. Todo tiene un porqué y así es dibujado con el particular estilo del autor, tan tridimensional y volumétrico que logra que sus personajes salgan del plano. Además, Corben no es lineal sino que llena sus páginas de planos diversos, picados, contrapicados, planos generales, primeros planos, detalles sutiles de personas u objetos, que contribuyen a que la narración sea ágil. Y así se produce la fusión, a lo Led Zeppelin, que hace que sus historias tengan una personalidad difícil de igualar y que les da ese punto de distinción que las diferencia del resto.
De este modo, en vez de dedicarse a soltar hostias como panes, en su habitual estilo, Cage penetra en el inframundo de un barrio del extrarradio y analiza una historia de ambición, poder y muerte, sacando al exterior la mugre de unos personajes enquistados en la miseria moral, en el contexto de las luchas de bandas. El Constantine de Azzarello y Corben (Hellblazer. Tiempos difíciles) es menos sobrenatural que en otras ocasiones y se sumerge en un clima de violencia y sexo carcelario, de pastilla de jabón, agua y sangre por el sumidero, que pone los pelos de punta. Claro que echará mano de sus cualidades paranormales para salir adelante, pero sufrirá en sus propias carnes la presión de la hostilidad de los demás reclusos donde impera la puta ley de la jungla. De manera que el relato se convierte en uno de los mejores del género, comparable a La fuga de alcatraz. En Banner, relato que transcurre como un meteorito de rápido, en el que las viñetas y las páginas se escapan literalmente de las manos, asistimos no a la destrucción que acompaña a Hulk, sino a la decadencia existencial del científico, que comprende que la única salida al drama que vive es el sueño eterno. Sobrecogen las dos últimas páginas de la historia.  A todo ello se suma el Punisher, con guión de Garth Ennis, que reconozco no he leído todavía pero que caerá pronto en mis manos.
Lo dicho, tarde pero he llegado a los superhéroes, o quizá mejor héroes, o incluso antihéroes, y si ha sido a través de Azzarello y Corben, pues eso que me llevo. Aquí Julio el del TBO dio en la diana al recomendármelos.






 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Diario de un fantasma, de Nicolas De Crécy

Hace unos días, en una de esas mañanas de sábado cenizas típicas de Iruña, fui a echar un rato al sancta santorum del cómic, es decir, a TBO. Mientras charlaba con Rosa, eché un vistazo a los estantes en busca de algún título que llamase mi atención. La verdad es que estoy algo plomizo últimamente y me cuesta decidirme. Finalmente, me decanté por una obra de Nicolas de Crécy titulada Diario de un fantasma (Ponent Mon, 2007). Al abrirlo, en ese momento previo y decisivo en el que te decides a adquirir un cómic o a devolverlo al estante, me llamó la atención su dibujo, muy expresivo y abocetado, y quizá por ello o quizá porque parte de la historia transcurre en Japón, en Nagoya y aledaños concretamente, decidí comprarlo. Lo cierto es que fue un impulso inconsciente y consumista, una especie de catarsis existencial, pero a veces los impulsos deparan gratos descubrimientos, y este lo ha sido, aunque la historia es rara de cojones.
Para empezar, su protagonista, o al menos el de parte de ella, es un proyecto de diseño de la mascota de la candidatura olímpica de París 2016. Sí, los mismos Juegos que el "cofi güit milk in de Plaza Mayor". Así, como suena de raro. A estas alturas ya sabemos que las olimpiadas han sido en Río de Janeiro y que al empacho deportivo, con algunos momentos gloriosos de tarde de bocata y cerveza en el sofá mientras los atletas se parten el espinazo, algunos literalmente, lo representó un bicho raro y amarillo con forma de felino, que se parece al primo poligonero emporrado de Hello Kity.
Como digo, el hilo conductor es el boceto de diseño de la mascota olímpica que comienza a adquirir forma en Japón, a donde viaja junto con su mánager, un francés de aspecto sucio y mezquino, un tipo impresentable e impertinente a más no poder. La idea es que el boceto se inspire y alimente del grafismo que desborda todos los aspectos de la vida en Japón, un país, una cultura en la que la propia palabra, en forma de pictograma, posee un diseño bello. De la mano de este particular protagonista que busca su propia identidad gráfica, y de su desagradable manager, que aprovecha el trabajo para correrse la gran juerga nipona persiguiendo jovencitas vestidas con jersey ajustado, minifalda ceñida y botas altas de cuero, nos adentramos en un relato en el que realidad y evocación se dan la mano llegando a confundirse. Gracias a la amabilidad de la hermosa señorita Sakura, contacto local de una agencia gráfica, su marido Boris, un francés que ejerce de fingido sacerdote, y a la disposición del señor Tanaka (un bonzo) y de su esposa, el proyecto o boceto adquiere conciencia de una realidad superior, a través de la hija fallecida del matrimonio Tanaka, que le alimentará en su particular búsqueda. Esto constituye en esencia la primera parte de la obra, en la que se nos adentra en la cultura japonesa a través de la intimidad y cotidianeidad de unos personajes cuya cortesía y protocolo se ven alterados por el proyecto o boceto y por su manager, soez a más no poder. 
La segunda parte de la obra tiene lugar en el viaje de regreso a Francia en avión aunque se desarrolla realmente en Recife, Brasil (¿premonición olímpica?), a través de los recuerdos de un tipo, compañero de asiento del boceto, que dice formar parte de la "policía secreta del grafismo" encargada de vigilar y contener a ciertos individuos que se salen de madre. En realidad, juraría que se trata de un alter ego del propio De Crécy, a través de cuyo relato, de la capacidad creativa y gráfica del propio boceto protagonista y del efecto entre adormecedor y agobiante de la nogalina, se narra un relato en el que el autor de la obra nos habla de sus fobias, entre ellas volar, y sus miedos y retos profesionales y vitales. Así, cuenta su viaje a Brasil para realizar un trabajo gráfico para una revista de turismo, que finalmente acaba convirtiéndose en una búsqueda personal de su propia identidad como autor gráfico. De esta forma, tanto el boceto como el autor se encuentran inmersos en un viaje de autoconocimiento o autoayuda con el diseño gráfico como telón de fondo. Como digo, una historia rara de cojones.
Pero es precisamente esta rareza argumental, que serviría para dormir al más valiente, donde radica el interés de la historia, que no es sino uno de los más sinceros testimonios vitales de un creador de historietas acerca de su trabajo y del sentido último de sus dibujos y sobre el propio sentido vital que para él tiene el hecho de dibujar: "la cosa más natural, la más evidente y la más excitante de su propia existencia".
Esta historia presenta, pues, varios planos interpretativos, en los que la parte gráfica, el dibujo mismo, es uno de los más importantes y donde De Crécy se confirma como un autor de gran talento. Sus dibujos, con su apariencia de bosquejos inacabados o realizados con cierta desgana, son de una expresividad y de un dinamismo magnífico, y en ellos abandona conscientemente la precisión de un dibujo más acabado, del que es plenamente capaz, para contar una historia de búsqueda de identidad gráfica a través de un dibujo que, en sí, parece buscar su propia identidad como tal. Lo de menos es, pues, la historia, el relato. Lo interesante aquí es la forma como se dibuja el relato y cómo se expresa gráficamente dicho relato. E importa igualmente, o deber valorarse de un modo especial en mi opinión, la reflexión del autor acerca de su propia existencia como creador. 
Quien quiera una historia al uso, del tipo "introducción, nudo y desenlace", esta no es su historia. Porque, lo repito una vez más, esta historia es rara de cojones y exige, de veras, echarle ganas ya que hay en ella una complejidad propia de una encíclica papal, que como todo el mundo sabe, se escriben yendo hasta las cejas de peyote. Pero si se hace ese esfuerzo, que en serio es grande, se accede a un relato de una enorme poesía y belleza. A veces no está de más dedicarle algo de tiempo a obras sesudas aunque solo sea para fardar de que las has leído.
Lo dicho, y ya me repito más que el ajo, una historia rara de cojones pero que merece la pena leerse o al menos, verse.

Aquí van, como de costumbre, unas páginas de la obra.

A todo esto... a pasar unos buenos días y cuidado con las malas digestiones que de cenas buenas, están las sepulturas llenas.












lunes, 5 de diciembre de 2016

Pasqual Ferry: la ruta hacia lo irreal

Vamos a aprovechar que estoy de fiesta para retomar el blog. Y voy a hacerlo con uno de mis autores favoritos. Se trata de Pasqual Ferry, autor barcelonés que a día de hoy no necesita presentación por ser uno de los dibujantes de cómics más reputados a nivel internacional. Como muchas de las cosas buenas que te acompañan a lo largo de la vida, mi contacto con su obra se produjo en mi infancia, a través de un número de la revista Más madera! que compré en un kiosko de Salou para echar la tarde mientras mis primos se hacían aguadillas en el agua. El número de marras estaba dedicado a las tribus urbanas y entre sus páginas encontré una historieta de "Los decadentes", firmada por un tal Pasqual Ferry que no me sonaba de nada porque mi Olimpo entonces pertenecía a Ibáñez, Escobar y Jan. Así que ahí quedó la cosa, en apenas un flirteo... vamos, ni eso.
Fue mucho después cuando reparé de nuevo en el trabajo de Ferry. Me encontraba entonces, hablo de hace unos seis o siete años, en una especie de vacío existencial, más laboral que personal, y necesitaba algo diferente, saturado como estaba de manga (aunque nunca renegaré a él) y reacio a adentrarme en el universo de los superhéroes (del que tampoco he renegado finalmente). Buscaba algo de autor, no sé, distinto, más personal. Y fue entonces cuando reparé en una historieta, amontonada entre ejemplares huérfanos de cómics olvidados en un puesto de librero en Santa Pola. El tomo de saldo reclamó mi atención. Apenas dos euros de nada, y esa portada sin embargo bien valía veinte... y el título cien: Crepúsculo (Toutain Editor, 1989).
Devoré el tomo, me zambullí en aquella historia mágica, siniestra, oscura como pocas... gótica en el sentido más literal del término. Páginas oscuras para una historia oscura. Una ciudad maldita, Octubre, que precede a Sin City y que bien merece formar parte de la geografía urbana de lo maldito junto a Gotham. Comentar cualquier aspecto del argumento de la historia privaría al lector novel del deleite que supone adentrarse en ella. Sólo diré que todo gira en torno a los "Hombres del Crepúsculo" y a su terrible poder, "secta presuntamente milenaria" cuyo objetivo es el desarrollo máximo de las capacidades mentales. Tras ellos o con ellos, deambulan un escritor fracasado, un detective y la sombra de la muerte.
Parece ser que Crepúsculo iba a formar una trilogía si bien el proyecto se quedó en este número. Como es lógico, tras semejante historia y, sobre todo, tras tan alucinante estilo gráfico, me interesé por el autor, ahora sí, Pasqual Ferry, del que adquirí dos obras más: Nociones de realidad. Sebastian Gorza" (Toutain Editor, 1991) y La Ruta de la Medusa (Glenat, 1994). Qué decir sobre estos dos títulos. De nuevo aluciné con ellos. Ferry nos adentra en un mundo personal de sueños, recuerdos, pesadillas, donde lo real se funde con la imaginación o con lo irreal, azotando a sus personajes hasta el extremo de su propia existencia. De las tres historias que he mencionado, quizá la mejor sea la última, de la que el autor llegó a esbozar una secuela que presentó en el tomo Octubre (Astiberri, 2003) prologado ni más ni menos que por Miguelanxo Prado.  En dicho tomo se compendiaron las tres historias más la secuela referida, Gaunt, de la que Ferry tenía ya esbozadas 46 páginas. La miel en los labios...
En La Ruta de la Medusa Ferry logra crear su propia mitología en torno a una historia de connotaciones artúricas en la eterna pugna del Bien contra el Mal, donde Robert Zimmermann es invitado a tomar una píldora que abre los ojos a una nueva realidad, mucho antes que Neo decidiera salir de su cueva en busca del conejo blanco: "Cada 500 años, de la unión de los opuestos, de la unión de dos almas atormentadas, surgirá el Graal. El hijo de la Paz".
Desde que conozco su obra, incluidos algunos trabajos personales como Mr. Bulb así como otros más comerciales, aunque no por ello menos buenos, como Ultimate Iron Man, Pasqual Ferry se me ha confirmado como un autor de oficio, artesano del cómic, en cuyos trabajos, sobre todo en los que comento, se ve el esfuerzo por finalizar una viñeta o un personaje, donde la tinta se mezcla con el lápiz, el pincel rebasa sutilmente el límite determinado y engorda el trazo, y se advierte la cuchilla con la que se ha perfilado una trama. Me imagino realmente a Ferry encorvado sobre la hoja que moldea a su gusto, con el deleite y la responsabilidad que requiere la maestría de su grafismo. No sé qué más decir ni cómo expresarlo mejor. La búsqueda de estas obras de Ferry, de estos incunables del cómic, bien merece adentrarse por sórdidas y oscuras calles, por laberintos de callejuelas habitadas por alimañas que, en el peor de los casos, se abalanzarán sobre nosotros para sumirnos en una siniestra pesadilla. Yo de momento me quedo en Octubre hasta que el crepúsculo oscurezca la vieja Iruña.








lunes, 3 de octubre de 2016

Tardi y las extraordinarias aventuras de Adèle-Blanc-Sec

Yo era un niño introvertido y poco lúcido y, realmente, no estaba preparado para afrontar la lectura que un buen día de verano cayó en mis manos. Tardi... "Las extraordinarias aventuras de Adèle-Blanc-Sec"... "Adèle y la bestia"... "París, 4 de noviembre de 1911. En el Museo de Historia Natural, en el Jardin des Plantes, 23 HS. 45M..." Vista general de una sala con especímenes prehistóricos. Vista de un huevo de pterodáctilo en una vitrina de cristal. Primer plano, y la cáscara del huevo se resquebraja. De su interior emerge un ejemplar prehistórico que, tras romper la vitrina, asciende y atraviesa el lucernario y surca los cielos. Al mismo tiempo, en Lyon, un tipo siniestro se parte de risa mientras adopta la misma postura que el pájaro (¿pájaro?)
Acostumbrado a las historietas de Mortadelo y Filemón, Zipi y Zape, Superlópez y demás, aquella se me hacía rara. Mucho antes de que Spielberg resucitara a sus dinosaurios jurásicos, mucho antes de que conociera París de verdad. Leí la historia con interés, la he releído en alguna otra ocasión posterior, pero aquel encuentro se quedó en eso, aunque siempre tuve ganas de conocer al demonio de la Torre Eiffel, que según se anunciaba, protagonizaba la segunda aventura de tan singular heroína. 
Resulta que hace unos días me hice con la colección completa de aventuras de Adèle-Blanc-Sec, incluida aquella primera del pterodáctilo y, esta vez sí, he conocido al demonio ese, al sabio loco, las momias enloquecidas y demás fauna tardiniana y, ciertamente, la he gozado. Me encanta la ambientación, el argumento de esas historias del inframundo parisino, sus personajes extravagantes, empezando por la singular Adèle, escritora de aventuras que se envuelta en los más enredados líos, mitad por ocio, mitad por trabajo.
Creo que, en su conjunto, se trata de una de las mejores series que he leído en mucho tiempo y que hacen justicia a un autor veterano y muy notable que si bien se ha interesado principalmente por el género bélico y policiaco, donde destacan obras como Balada de la costa oeste y, por supuesto, la serie de historias protagonizada por Néstor Burma, basado en las novelas de Léo Malet, tiene en esta heroína su más popular creación, que hasta cuenta con una versión cinematográfica, Adèle y el misterio de la momia, de Luc Besson (2010), adaptación un tanto libre pero interesante.



No voy a entretenerme en desgranar todas y cada una de las nueve aventuras, aunque al menos citaré sus títulos: Adèle y la Bestia, El demonio de la torre Eiffel, El sabio loco, Momias enloquecidas, El secreto de la salamandra, El ahogado de dos cabezas, Todos monstruos, El misterio de las profundidades y El laberinto infernal, publicadas entre la década de 1970 y nuestros días.
La de Tardi es, ante todo, una vocación literaria pero que traduce en imágenes y escenas de enorme verosimilitud. Pocos como él para describir con imágenes lo lúgubre y siniestro, pese al aspecto ingenuo de algunos de sus personajes, como Felicien Mouginot o el desastroso inspector Caponi. Sin embargo, es en esa aparente ingenuidad donde subyace el contraste con el drama narrado, donde no faltan sectas, asesinatos, estafas, traiciones y algún que otro romance velado. Y es quizá esa capacidad tan sutil la que engrandece estas historias.











jueves, 18 de agosto de 2016

Adiós al maestro Víctor Mora

Hoy hemos amanecido con la noticia del fallecimiento de Víctor Mora Pujadas (Barcelona, 1931-2016), guionista de cómics y novelista que, bajo el seudónimo de "Victor Alcázar", parió hace décadas a El Capitán Trueno, uno de los títulos esenciales del cómic español, que empezó dibujando "Ambrós" en la década de 1950, así como a El Jabato.
Existen grandes aficionados a estos títulos memorables del cómic español, lo cual es comprensible. Ya sólo la parte gráfica merece la pena, y en el aspecto argumental poseen ese sabor mágico e irrepetible que poseen las aventuras clásicas. En esto, Mora fue un maestro.
No obstante, yo a Víctor Mora lo conozco más bien por otros títulos, lo cual confirma el éxito de su prolífica carrera. Para mi Víctor Mora es Sunday, historia ambientada en el Oeste americano y dibujada por el maestro Víctor de la Fuente; es Dani Futuro, con dibujos del genial Carlos Giménez; y, sobre todo, es Las crónicas del sin nombre, obra sublime del cómic español (de la que tengo pendiente una entrada) en la que se relatan las vivencias de un ente cósmico que se aloja en seres humanos, en diferentes épocas y lugares, con el fin de comprender nuestras experiencias y sentimientos, y de cuya parte gráfica se encargó el magistral Luis García.
He disfrutado, disfruto y seguiré disfrutando del cómic gracias a Víctor Mora. Por ello es comprensible que en estos momentos me encuentre un poco huérfano, como le sucederá a muchos otros que, como yo, aman este bello arte.